Chasquidos al acabar palabras: un detonante frecuente en la misofonía
Hay sonidos que, objetivamente, son “casi imperceptibles”. Tan pequeños que la mayoría de las personas ni siquiera los registra.
El chasquido al acabar palabras (ese clic, tsk o golpe seco de lengua) es uno de ellos.
Y, sin embargo, si tienes misofonía, probablemente no solo lo oyes: te sacude por dentro. Te tensa, te activa, te desconecta de la conversación y te deja con esa sensación tan conocida de “¿por qué me afecta tanto algo tan insignificante?”.
Aquí conviene empezar desmontando un mito muy habitual:
“Todo está en tu cabeza”.
Bueno… sí, claro, como absolutamente todo lo que procesa el cerebro. Pero no en ese sentido condescendiente que suele esconder un “te lo estás inventando un poco”. No va de imaginación, va de neurobiología y aprendizaje.
En este artículo vamos a entender por qué los chasquidos al hablar son un detonante tan común en la misofonía, qué ocurre en tu sistema nervioso y cómo abordarlo sin caer en la evitación constante que, aunque alivia a corto plazo, suele empeorar el problema.
¿Qué son exactamente los chasquidos al hablar?
¿Qué son exactamente los chasquidos al hablar?
Los chasquidos al acabar palabras son ruidos orales breves, producidos de forma generalmente involuntaria durante el habla. Pueden aparecer como:
Golpes de lengua contra el paladar
Chasquidos laterales
Sonidos de cierre brusco de la boca
Pequeños ruidos de succión
No indican un problema del habla ni una mala costumbre consciente. Muchas personas no saben que los hacen… hasta que alguien con misofonía empieza a sufrirlos.
Y aquí es importante subrayarlo: el problema no es el sonido en sí, sino cómo lo procesa el cerebro misofónico.
Por qué los chasquidos son un detonante tan potente en la misofonía
Desde la investigación clínica sabemos que la misofonía no depende del volumen, sino del significado emocional que el cerebro atribuye a determinados sonidos.
Los chasquidos al hablar reúnen varias características clásicas de los sonidos detonantes:
Son repetitivos, pero no rítmicos
Aparecen de forma impredecible
Proceden de otra persona (especialmente en contextos cercanos)
El cerebro no puede anticiparlos ni “acostumbrarse” fácilmente. Y eso, para un sistema nervioso ya sensibilizado, es gasolina.
Qué ocurre en el cerebro misofónico
Los estudios de neuroimagen (como los de Kumar y colaboradores, 2017) muestran que en la misofonía existe una hiperconectividad entre la corteza auditiva y áreas emocionales, especialmente la ínsula anterior.
Dicho de forma sencilla:
el sonido no se queda en “oír”, pasa directamente a “reaccionar”.
Por eso la respuesta es tan rápida, tan corporal y tan difícil de frenar con lógica. No es falta de control; es una vía neuronal muy entrenada.
Qué se siente cuando el detonante son los chasquidos
Aunque cada persona lo vive de forma distinta, en consulta aparecen patrones muy similares:
Irritación inmediata y desproporcionada
Tensión muscular brusca
Dificultad para concentrarse en lo que se está diciendo
Impulso de escapar, taparse los oídos o interrumpir
Culpa posterior (“no debería afectarme así”)
Aquí suele activarse un bucle muy conocido:
cuanto más intentas aguantar, más se intensifica la activación.
Y cuanto más evitas, más aprende tu cerebro que ese sonido es una amenaza real.
Evitar los chasquidos no es la solución (aunque alivie)
Pedir que la otra persona deje de hablar, se corrija o cambie su forma de expresarse puede aliviar momentáneamente. Pero, a largo plazo, refuerza el problema.
¿Por qué?
Porque el cerebro aprende algo muy concreto:
“Hasta que este sonido no desaparezca, no puedo estar bien”.
Eso es condicionamiento puro.
Elegir retirarte no es lo mismo que huir
En terapia no trabajamos el “aguántate como puedas”, pero tampoco la evitación rígida. La clave está en:
Detectar el aumento de activación
Elegir retirarte si es necesario (no escapar en pánico)
Regular el sistema nervioso
Volver cuando la activación haya bajado
La diferencia parece sutil, pero para el cerebro es enorme. No es lo mismo “no puedo con esto” que “me aparto un momento y vuelvo”.
¿Esto tiene base científica? Sí, y cada vez más
La misofonía está descrita en la literatura como una respuesta condicionada intensa, donde el problema no es auditivo, sino emocional y neurofisiológico.
Trabajos de Schröder et al. (2013) y Jastreboff & Jastreboff (2014) señalan que determinados sonidos neutros adquieren una carga de amenaza aprendida, activando respuestas de lucha/huida de forma automática.
Por eso los chasquidos, aun siendo objetivamente inofensivos, pueden generar reacciones tan intensas.
Si los chasquidos al hablar te desbordan, conviene evaluar tu caso
No todas las misofonías son iguales. El nivel de activación, los detonantes y las estrategias de afrontamiento varían mucho entre personas.
👉 En este punto suele ser muy útil realizar una evaluación específica para entender tu perfil de misofonía, el grado de activación de tu sistema nervioso y cómo estás gestionando los sonidos detonantes.
Por eso, a mitad del proceso terapéutico (y también antes), recomiendo realizar el Test de Misofonía, que te ayudará a ponerle nombre y estructura a lo que te ocurre, más allá del “me molesta mucho”.
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No es intolerancia, es un sistema nervioso hiperentrenado
La misofonía no habla de tu carácter, ni de falta de paciencia, ni de rigidez emocional. Habla de un sistema nervioso que ha aprendido —demasiado bien— a reaccionar ante ciertos sonidos.
Y la buena noticia es esta:
lo aprendido se puede desaprender.
No eliminando sonidos del mundo, sino reeducando la respuesta cerebral, con acompañamiento profesional y sin invalidarte por el camino.
Si los chasquidos al acabar palabras te sacan de quicio, no estás exagerando. Estás respondiendo desde un cerebro que lleva tiempo en modo alerta.
Comprenderlo no solo alivia: abre la puerta al cambio.
Porque no se trata de vivir en silencio, sino de volver a sentirte a salvo en el ruido cotidiano.
